Crónica de lectura
Para empezar, las vocales (creo). Luego las consonantes; la tentación de combinarlas venía por parte de mi madre- tal vez no sea cierto pero en las carpetas de lectura tradicionales se maneja ese sistema- , primero con la letra “eme”, después la “p”.
Así pasó el tiempo y cada vez me apropiaba, con mayor facilidad, de conceptos (lo más seguro es que en ese momento no tenía la mínima idea de ese concepto) que me permitían con sólo una palabra llamar la atención.
Tal vez fue “mamá” la palabra que primero dominé (eso dice la señora). O quizás, fue “papá”, a partir de ese momento dejé de llorar cuando tenía hambre, frío o sueño, simplemente pronunciaba la palabra mágica (palabra que de verdad era de otro mundo, algunos adultos pueden ser tan estúpidos; uno dice mamá y luego popó o primero papá y luego plata, ellos balbucean como si no supieran hablar)
Ya no hacía falta el grito sin articulación (uaaaa, uaaa).
Todo me provocaba tal sorpresa, que cada vez que podía repetir la palabra que aprendía- como en el caso de “teta”-, lo hacía sin tomar en cuenta su significado (en muchas reuniones de mi padre pronuncié la palabra prohibida, nadie reía, todos muy serios, me miraban recelosos) Me costó varios correazos, algunas palabritas disgustaban a las personas de alrededor- a la abuela no se le podía decir caca o pata-. Así que me obligaron ir al colegio.
Allí no había mayor diferencia en cuanto al trabajo que realizaba en casa (pues había una señora que regañaba hasta por respirar, era más estricta que mi mamá), trabajaba el mismo libro y las mismas planas. Lo que sí marcaba la diferencia era que en el colegio, si uno se equivocaba, al escribir o pronunciar mal una palabra, lo mínimo que merecía era un regaño; en cambio en la casa…
El colegio estaba lleno de olores: el chocolisto que se regó en la lonchera; el cabello de la niña pecosa que se sentaba enfrente, shampoo de fresa para niñas. El aliento de la profesora que sería mejor no recordar. Por ejemplo, la lluvia sobre el asfalto que resucitaba gripes insepultas.
En el bachillerato, el tiempo corrió de prisa, tanto que los libros que recuerdo haber leído son: “el viejo y el mar”, “juventud en éxtasis” (de éxtasis no tiene nada). Otro libro que se apropió de mi tiempo fue el “la perla”, cachaba clase para leer el libro- por fortuna se podía cachar- la historia me atrapó, aunque sabía que no entendía la mayoría de conceptos (palabras que interpretaría a medida que releía el libro).
Me adentraba en las imágenes que ofrecía la historia: un mar azul como cielo, una aldea de pescadores que vivían en una choza vieja (de los cuales destacaba una pareja singular, compuesta por un padre, un niño recién nacido y la madre; al niño lo picó un escorpión en la cuna y, entonces, comienza la aventura del padre, pues, debe ir en busca de dinero para llevar al bebé al doctor; en lugar de dinero, encuentra una perla en la profundidad del mar), la perla que se encontró el protagonista me hizo soñar con los colores del fondo del mar y la picadura de un escorpión al hijo del pescador me lleno de miedo en las noches.
Además de las anteriores novelas, tuve la oportunidad de leer, Othello, obra de teatro que me acompañaba en mis escapatorias. En ese tiempo adquirí la costumbre de buscar lugares apartados del ruido y el bullicio.
Duré aproximadamente dos años de relectura. Pues me era muy difícil interpretar el significado completo de la obra con una sola leída.
Esta historia relata las aventuras de un moro en Venecia, que conoce a una doncella llamada Desdémona. A Othello le guarda envidia un hombre de noombre Jago, quien se encarga de fraguar un plan para hacerle imposible la vida al héroe.
Sin embargo, cada vez que leo este libro realizo una lectura nueva. Como si el libro tuviera vida propia.
El espíritu del verso y la musa
A mediados de décimo grado, de forma inocente e inconciente, me hallé en el mundo de las musas. Un mundo que botaba la casa por la ventana (hablo de la imagen y el poder descriptivo y breve de los versos), así lo veía en ese momento, las palabras tomaban forma de seres que solo respiraban dentro de la mente. Del profesor de literatura recuerdo poco, pues, utilizaba los 45 minutos para dormir. A veces cuando el profe se encontraba de mal humor, me dedicaba a leer poemas de Pessoa; con sinceridad digo que no vi ninguna imagen que tuve el placer de leer. Por ejemplo:
“Pensar en Dios es desobedecer a Dios,”
Para ese momento era un puño contra mi cara (un golpe sin tiempo, congelado en el aire como la pluma que sopla el viento para no dejarla caer). Pasé días y meses pensando y hablando solo, acerca de lo que quiso decir el autor. Hasta que me di cuenta; era imposible interpretar lo que quiso decir el autor. Es cuestión de sensaciones y sentidos. Y es el texto el que habla por sí mismo, entre autor y obra existe una distancia prudente. La palabra sería el puente que une al hombre con sus ideas y con otros hombres.
La mayoría de poemas hablaban del amor (en este año donde las niñas eran perversas y pícaras). Pero había otros que hablaban de la muerte, de la partida de dados, de apostar la vida. Nombres como julio flores, Octavio paz, Rubén Darío resonaban en cada clase.
Y mi atención se concentró en una niña.
Me olvidé del libro de Pessoa, de mis obligaciones. Lo único importante era la hora del descanso, momento en el que podía verla correr. Éramos tan felices, no teníamos ataduras. Reserve en la complicidad del silencio mi amor por ella. Nunca me atreví a decírselo. Nunca lo hice y nunca lo haré. Y no me arrepiento, pues, andaba con un niño al que le decía novio. Con él tuvieron dos hijos; de la que me salvé.
La rayuela debajo de la luna
Pero me vi en una terrible realidad cuando me atrapó un libro (caí en la red de la araña, mordí el anzuelo, di papaya, entré en el juego sin conocer las reglas, tal vez, porque no había reglas) Era una novela, latinoamericana.
Horacio Oliveira en busca de la maga, del pasado, lo que pudo ser y no será; la vida como una representación del juego y el juego como una representación de la vida. Sin tiza no hay rayuela y sin rayuela no hay saltos.
Ese libro perturbó mis pensamientos, mis ideas navegaban en un mundo más abstracto.
Ahora dormía poco en la noche, encontré en el silencio el mejor refugio para leer. Soñaba despierto. Podía ver la sombra de la maga escapando de las manos de Oliveira que la perseguía por los puentes de una París enamorada y desnuda como una prostituta sin maquillaje. Odiaba al sol que devoraba mi rostro, sin embargo, me cobijaba el sol de la historia, tibio y rojo.
La muerte del bebé Rocamadur, que separó al club de la serpiente, y a su vez, a lucía (la maga que por cierto resulta ser la madre del niño) de Horacio un amante del mate y la pavita.
Vi pasar días con sus noches hasta que en el momento menos pensado se me devolvía la idea de la cual me había nutrido. Nunca se detuvo esta insaciable insatisfacción, quería saber más y deseaba conocer más. El libro se apoderó de mis pensamientos a tal punto que llegué a identificarme con Oliveira, cuando camina bajo la lluvia, cuando llama a sus amigos para contarles el sueño de la noche anterior.
Hoy en día
Cuándo comencé a escribir no sabía las consecuencias de haber tomado esa decisión. Y no es que diga que he logrado escribir algo parecido a una obra de arte, solo los trabajos de la academia, con mala redacción y hasta errores ortográficos, son los textos que he podido conjurar.
Y resulta curioso ver como la lectura va de la mano de la escritura, como las lecturas afectan en nuestra concepción de la idea que se desea plasmar y la forma en que otra persona me va a entender. Todo consiste en un sentido de la organización muy estricto.
Para escribir hay que dar la vida. Someterla siempre al espíritu inconforme del genio artístico. Sin embargo mi intención no es dar instrucciones ni cosa parecida, de cómo escribir o leer; lo que busco es comunicarle mi experiencia desde algunos libros que tocaron mi vida como lo fue Othello o La perla o Rayuela. Ahora, no puedo separarme de ese mundo de ficción.
El día que dejo de leer me siento mal como si algo me faltara para sentirme bien con migo mismo. Tal vez puedo ser juzgado de católico o cristiano, pero la literatura es como un Dios que se alimenta de nuestras ideas (tanto las buenas como las malas) el arte es la única salida.
Un poema como despedida
Tus odios se inundan
en torbellino de arena
Y también tiembla
la hoja en el árbol
Se acerca lo inevitable:
el camino del ciempiés
termina en casa
te arrastras con barro
no eres más que un suspiro
en un arco iris negro
sellas tus labios
y no queda más…
eterna, la enfermedad
y la alegría de reír sin sonrisa
arriba en la montaña de los fantasmas
y dios te escupe bendiciones
después a la serpiente, reclamé descanso
y me contestó: Desssseaaa…
martes, 16 de marzo de 2010
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