martes, 16 de marzo de 2010

El gato de arena

Tan vieja y abandonada, daba la impresión de tener arrugas en lugar de grietas. La casa de los Higuera parecía respirar, motivo que sacudió, en más de una ocasión, el descanso y la caza de la media noche. Se podía percibir una mirada en su entraña. Un susurro; el eco de un lamento…

Es más: lo que a simple vista se supone una ventana abierta (una cuenca sin globo ocular) resulta ser, nada más que un hueco rectangular dibujado sobre la pared, sin vidrio ni cortinas. El viento ronronea dentro de la habitación. En ese instante, un rayo de luz se enreda entre los párpados de Diego (el menor de una camada de cinco gatos); la pupila se dilata, recuerda la espantosa diferencia entre Brisa y Viento. La primera refresca y acaricia el tacto, alma de la montaña en un suspiro a los poros. El segundo agita todo a su paso, corta-labios, y, por supuesto, se podría confundir fácilmente, con el aliento alado de la muerte.

Lentamente, una cosquilla se apoderó de sus sentidos dormidos (exhaló profundo) y del cabello lunático. Evocó algún bocadillo en la rendija de la ventana; el lugar de las colillas. Sus ojos desorbitados como garritas abiertas palparon sólo una pequeña cucaracha.

-“Virtud de asesinos: paciencia.”

Palabras que susurraba al oído de la luna, pues fue lo primero que vio al acercarse a la ventana; su mente navegaba a la deriva sobre dunas de ceniza.

Sonriente, la luna llena peinó su cabellera, reflejándose en los cristales de las ventanas cerradas. Y en algunas, acaloradamente abiertas, ensortijaba su cabello plata entre las cortinas, desteñidas por el sol y el viento.

Para desaparecer la cucarachita, la tiró hacia la calle por la ventana; la brisa silbaba la canción de los gatos.
Sentía millones de patitas de hormigas sobre su cuerpo. También le punzaban los dientes de los gusanos, sin olvidarse de las moscas que no paraban de zumbar. Cada vez que intentaba pellizcar la garra izquierda la derecha desvanecía, así como las pesadillas se desvanecen cuando se despierta ahogado en ellas.

Por tanto, no le quedó más remedio que ver por la ventana, con la cabeza sobre las patas. Por momentos (cuando el hormiguero empezaba a subir por la pierna y no le permitía movimiento alguno) revolvía sus sesos un fuerte dolor que no le permitía dormir.

Mientras tanto, al otro lado de la calle, una gata acecha moviendo su cola excitada, de izquierda a derecha dibuja círculos invisibles; cerca de esa boca que bebe ángeles caídos y otros cadáveres en días de lluvia, una rata enorme.
Un pedazo de queso reposa en el sereno calido del asfalto, como caído del cielo, a un salto de gato de distancia en esa misma alcantarilla donde acecha el felino.
La trompa de la rata se asoma; el viento amenaza arrastrando el pedazo blancuzco, unos centímetros…

La luna conjuró en silencio mientras se acicalaba. No hay mejor confidente; atrevida y letal, exquisitamente sensual, una gota de vino estancada en el ombligo; si le preguntas por el misterio que esconde su mirada, finge no tener labios, aunque los muerda, muda, cómplice del asesino.

La gata araña. Sin telaraña fabrica la trampa; una mosca para un pez en un anzuelo; ¿quién se arriesga a ser tan generoso?, la humildad del estomago no conoce la voluntad del asesino.
La ratota mordió el queso y de la impresión quedó tiesa como roca. Sin más reparos (en cuestión de un parpadeo) la gata salta sobre su víctima, esperó paciente ese momento, con las uñas bien afiladas. Un chillido de ahogado inunda la calle se confunde con el murmullo de un río de piedras pequeñitas.
La gata avanzó en dirección a la casa momificada de los Higuera, su guarida. Aquella que abandonaron los humanos hace mucho tiempo cuando un rayo la partió en dos.
Llevaba su presa en una de sus patas; al acercarse al hijo menor, que la observaba desde la ventana, con una sonrisa desdentada, lo saludó. Llevaba el premio en una de sus patas pues siempre que lo intentaba llevar con el hocico, de las encías se le resbalaba.
Manuscrito en un pantalón ensangrentado



Bucaramanga, 32 de enero de 2009


Hermano, la muerte nos persigue. En cada lágrima de abuela que llora de felicidad de vida interna y muerte solitaria, porque la nuera tuvo simplemente otra nieta. Son tres, Leonardo, pude comprobar que ahora son tres. Dos niñas preciosas; la última de las hermanas tiene la cara arrugada, como un bebe, por algo llora la pobre abuela pobre.
Observo ese espectáculo. Yo sólo espero a nuestra hermana, no tengo nada que ver con esas niñas y esa abuela pero, estamos condenados al mismo encierro: esperar en la misma sala, nos gustaría salir corriendo sin mirar atrás.
Existen acontecimientos inexplicables desde la razón: se sigue esperando y todo lo que puede ocurrir (nos) en una sala de espera; “operaciones ambulatorias”, fotografía del símbolo de espera, en la que aparece una “señora” vestida de enfermera y con el dedo índice sobre los labios, mueca poco tentadora, expuesta como la solución del caos, SILENCIO, cuelga de una puntilla que penetró enérgicamente la pared, nos deja la boca abierta.

Cosas así se pueden ver en cualquier sala donde se reúne la gente para esperar a solas. Leo, las personas se sienten mal en la hora del monólogo, ¿puedes creerlo?, ese instante que se nos brinda solo una vez como los labios de la locura, tan solo un beso (uno solo) basta para tirarse por la ventana. Pero nada de eso tiene sentido. Porque cada uno es un sentido, creer que, de cada situación, va a ocurrir lo peor (por ejemplo), o en el mejor de los casos, para algunos, la balanza se inclina, para otros la risa entre lágrimas. Las personas lloran, gritan, hablan, desobedecen el pacto que cuelga de la pared. Los espacios públicos, como lo es tener un hijo, ¿qué tal si son tres?, son rincones para personas que juegan a la gallina ciega. Unos a otros nos vendamos los ojos. Nos encanta jugar a la gallinita ciega. El amor, mi hermano, un engaño que utilizamos para excusar nuestros actos, así como se puede beber del licor, el placer de la desinhibición. En palabras concretas lo que te quiero decir es que a la gente poco le gusta pensar y sobre todo leer. Lo pude con probar en esa sala. Mira, no se trata de leer libros sino situaciones (aunque los libros ayudan bastante, como una cerveza en sol), creo que sabes a que hago referencia, un argumento más para escribirte, pero si lo desconoces entiéndelo desde tus experiencias personales y no desde lo que ya se dijo y que yace escrito. Esa puede ser, quizás, otra forma de sobrevivir, ¿no te parece? Desde tus ojos y con tus palabras.

En fin, te escribo para pedirte un favor: dile a los viejos que me fui para París o la cordillera de los andes. Coméntale a la señora de la casa que me fui a viajar, que hice realidad mi sueño y el de muchos otros como ella. Dile al viejo que es viejo como el diablo. A lucía, un abrazo para que se mejore de la operación.

Antonio, porque ese es su segundo nombre, se libre…
Las madrugadas y el silencio

El aroma del café inunda la casa. Sólo Lucía y yo podemos olerlo. Son las cuatro y media de la mañana, hora en la que el silencio comienza a desvanecerse con el canto del gallo o el maullar espeluznante del gato. Para la profesora “Luci” el mundo gira alrededor de este olor casi inevitable; a la misma hora, todos los días se levanta para preparar el elixir que le permite despertar sus párpados, después de beberlo, realiza la lectura de las sagradas escrituras, con una devoción que sonrojaría al papa. Es un día como otros, sin embargo, existe una leve diferencia que se puede percibir en el ambiente, es sábado, no hay escuela.

El sábado es para sus alumnos el mejor día de la semana, cómo negarlo. Sin embargo, para la profesora es un día que debe aprovechar al máximo. Después de lavar mi rostro, retirando cuidadosamente con agua cualquier rastro de sueño; me dispongo a llegar a su lado. Ella, sentada en el comedor con la Biblia en las manos y el café sobre la mesa, me saluda con un agradable: buenos días. Antes de pasar a hacerle compañía, me sirvo una tasa de café humeante, a esta hora las golondrinas comienzan a cantar. Tomo asiento en el comedor. Ella cierra el libro y pronuncia la palabra mágica: amen.

Lucía vive sola en una casa del barrio San Bernardo. En un tiempo estuvo casada, tiene dos hijos que ya no viven con ella. Su marido se los llevo para España y por poco la deja en la ruina. El primer sábado, de una serie de de tres fines de semana, me relata la historia de su amor Augusto un apostador, su marido.
“Resumiéndolo, todo comenzó cuando nos conocimos, él era alto y tenía un cuerpo provocativo. Yo, una universitaria que babeaba cada vez que veía el contoneo de sus glúteos. En serio, me enamoré. Después del amor y la graduación vinieron los hijos, amo a mis hijos, pero el cambió su carácter y su forma de ser. Comenzó a mentirme acerca de sus reuniones. Me costó gran esfuerzo descubrir su atracción por el juego y por una española con la que se contactaba en un sitio virtual llamado “poker Stars.com.” El día que lo descubrí volví a llorar como lo hacía de pequeña, era un adicto al juego y lo peor de todo es que lo supo ocultar hasta que comenzó a faltar el dinero, maldije mi vida y su vida a la muerte sentencié. Sólo me quedaban mis hijos, pero el muy descarado se los llevó en día de cumpleaños de Sebastián, que en seis meses volvía, lo tuvo todo planeado desde el principio…”
No creo del todo su historia hasta que observo lo inevitable, un resbalar de lágrima. Pero ella con rapidez limpia su mejilla y me anuncia que debe retirarse a una reunión programada a primera hora; así que sale de su casa y vuelve cuando yo, ya me fui.

Llego a su casa a la hora acordada. Es el viernes de otra tediosa semana, falta poco para que acabe el año escolar, por tanto, es época de exámenes y la tensión y el estrés afecta a estudiantes como a profesores, por igual. Al entrar en su casa, que parece de fantasmas, observo sobre el comedor una nota que tiene impresas algunas recomendaciones especiales acerca como realizar de la limpieza del baño. Ella regresará en la madrugada, me recomienda también, que no la espere despierto. En la madrugada del día siguiente es el olor del café lo que me despierta. De nuevo vuelvo a descender por la escalera, y la veo sentada con su café y su libro, de nuevo sábado. Ella comienza a narrar:
“Para mi fue muy difícil acostumbrarme a la soledad, ¿sabe? Al principio me parecía muy grato el hecho de tener toda la casa para mí sola. Pero con el tiempo me he dado cuenta que es muy grande para que viva un sola persona. Así que entretuve mi tiempo a solas. Rescaté una pasión que creía muerta, volví a escribir poemas. Me gustaba escuchar a los gatos en la madrugada, asomarme por la ventana y verlos acariciarse cobijados por la penumbra. En soledad pude comprender el silencio y escribí lo siguiente, ¿quiere oírlo?...”
Yo comencé a cabecear estaba cansado por el día anterior, nunca vi su casa tan sucia como ayer.
“y sus besos eran como de los del gato/ su lengua era de fuego/ que derrite mi soledad.”
Al terminar de pronunciar la última línea me observa y se despide retirando con fuerza la silla hacia atrás. En esta ocasión, no duró más de diez minutos en arreglarse y salir. Es probable que mi presencia reviva recuerdos lejanos en su mente. Esta mujer de nombre Ana Lucía Hernández, padece de intensa nostalgia, cada vez que relata un suceso pasado en su vida la melancolía la ataca, como si se tratara de una gripe vulgar, sin dejarla terminar su relato. Se debe aclara, por tanto, que yo en ningún momento pedí que me contara alguna historia, ella se ofrecía voluntariamente, yo solo cumplo con mi deber, escuchar.

Otro viernes, otra vez limpiar. Como es de costumbre cuando llegue a su casa no estaba. La profesora cierra con seguro la puerta de su cuarto, motivo que genera sorpresa pues no era cotidiano. Poco me preocupo hasta que llegó el otro día.
En ese sábado me despierto más tarde de lo normal, casi a las once. De un salto me levanto de la cama. Bajo corriendo las escaleras. No huele a café, las luces están como las dejé ayer, apagadas. El cuarto de Lucía sigue en silencio. Entonces decido abrir el cuarto con las llaves provisionales que guarda la profesora en una maseta sin planta.
Lo primero que percibo al entrar es un fuerte olor a licor. La señora está tendida sobre la cama, no produce movimiento. No respira. Los ojos bien abiertos miran hacia el suelo. En la mano izquierda tiene una botella vacía; en la derecha un papel que me cuesta se- parar de sus dedos. Fría como una paleta. Tomo el papel que dice:
“No pude soportar tanta pasión. Sabía que no tenía posibilidad con usted. Los años nos separan, yo una vieja arrugada y usted tan joven, tan lleno de vida; lo nuestro es imposible y no me atreví a decírselo en vida. Tomé esta decisión porque me vi sin otra salida. Perdí mi trabajo, mis ganas de enseñar, mis sueños murieron en los ojos de mis alumnos soñadores. Y usted, fue lo único que me mantuvo en pie por algunos días. Siga con sus estudios, no se quede toda vida aseando las casas de los demás. Si algún día llega a conocer a alguno de mis hijos dígale que lo quise mucho.”
Crítica breve sobre el texto de Joan Ferrés “ Educar en una cultura del espectáculo”







Para comenzar se hace necesario destacar el juicio y el estudio que realiza Ferrés acerca de la influencia de los medios en la forma en que aprenden los jóvenes de la generación del espectáculo.
Dichas nociones como el bombardeo hipersensorial, que hace referencia a la forma como los medios de comunicación afectan a los sentidos (especialmente el visual y el auditivo). En una carrera contra la publicidad es elemental que el docente sepa a que se enfrenta en una sociedad consumista. Dado el caso en el que un maestro cuente con los recursos tecnológicos para ser explotados en el aula deberá conocer las proyecciones que el televisor, por ejemplo, impactaría en la conciencia del alumno, lo que quiere decir que el docente estará preparado para llevar al alumno a otro nivel: el de la concentración total sobre el tema expuesto.

La caricatura por ejemplo, resulta ser un recurso de un impacto sin presedentes; por lo tanto en el mercado laboral, el docente mientras más capacitado esté para afrontar los dilemas del aula desde una manera espontánea y abierta, tendrá acceso a los alumnos de una manera más pertinente.
Además no hay que olvidar la ventaja con la que cuenta las generaciones que se desarrollan en la época del avance tecnológico. Lo que se busca, entoces, es proyectar al aula como un medio donde se puede explotar el potencial de los alumnos desdelos recursos que ofrecen los medios de comunicación. El video también sería un herramienta propicia en la hora de realizar una actividad en clase.
Crónica de lectura





Para empezar, las vocales (creo). Luego las consonantes; la tentación de combinarlas venía por parte de mi madre- tal vez no sea cierto pero en las carpetas de lectura tradicionales se maneja ese sistema- , primero con la letra “eme”, después la “p”.
Así pasó el tiempo y cada vez me apropiaba, con mayor facilidad, de conceptos (lo más seguro es que en ese momento no tenía la mínima idea de ese concepto) que me permitían con sólo una palabra llamar la atención.

Tal vez fue “mamá” la palabra que primero dominé (eso dice la señora). O quizás, fue “papá”, a partir de ese momento dejé de llorar cuando tenía hambre, frío o sueño, simplemente pronunciaba la palabra mágica (palabra que de verdad era de otro mundo, algunos adultos pueden ser tan estúpidos; uno dice mamá y luego popó o primero papá y luego plata, ellos balbucean como si no supieran hablar)


Ya no hacía falta el grito sin articulación (uaaaa, uaaa).
Todo me provocaba tal sorpresa, que cada vez que podía repetir la palabra que aprendía- como en el caso de “teta”-, lo hacía sin tomar en cuenta su significado (en muchas reuniones de mi padre pronuncié la palabra prohibida, nadie reía, todos muy serios, me miraban recelosos) Me costó varios correazos, algunas palabritas disgustaban a las personas de alrededor- a la abuela no se le podía decir caca o pata-. Así que me obligaron ir al colegio.
Allí no había mayor diferencia en cuanto al trabajo que realizaba en casa (pues había una señora que regañaba hasta por respirar, era más estricta que mi mamá), trabajaba el mismo libro y las mismas planas. Lo que sí marcaba la diferencia era que en el colegio, si uno se equivocaba, al escribir o pronunciar mal una palabra, lo mínimo que merecía era un regaño; en cambio en la casa…

El colegio estaba lleno de olores: el chocolisto que se regó en la lonchera; el cabello de la niña pecosa que se sentaba enfrente, shampoo de fresa para niñas. El aliento de la profesora que sería mejor no recordar. Por ejemplo, la lluvia sobre el asfalto que resucitaba gripes insepultas.



En el bachillerato, el tiempo corrió de prisa, tanto que los libros que recuerdo haber leído son: “el viejo y el mar”, “juventud en éxtasis” (de éxtasis no tiene nada). Otro libro que se apropió de mi tiempo fue el “la perla”, cachaba clase para leer el libro- por fortuna se podía cachar- la historia me atrapó, aunque sabía que no entendía la mayoría de conceptos (palabras que interpretaría a medida que releía el libro).

Me adentraba en las imágenes que ofrecía la historia: un mar azul como cielo, una aldea de pescadores que vivían en una choza vieja (de los cuales destacaba una pareja singular, compuesta por un padre, un niño recién nacido y la madre; al niño lo picó un escorpión en la cuna y, entonces, comienza la aventura del padre, pues, debe ir en busca de dinero para llevar al bebé al doctor; en lugar de dinero, encuentra una perla en la profundidad del mar), la perla que se encontró el protagonista me hizo soñar con los colores del fondo del mar y la picadura de un escorpión al hijo del pescador me lleno de miedo en las noches.
Además de las anteriores novelas, tuve la oportunidad de leer, Othello, obra de teatro que me acompañaba en mis escapatorias. En ese tiempo adquirí la costumbre de buscar lugares apartados del ruido y el bullicio.

Duré aproximadamente dos años de relectura. Pues me era muy difícil interpretar el significado completo de la obra con una sola leída.
Esta historia relata las aventuras de un moro en Venecia, que conoce a una doncella llamada Desdémona. A Othello le guarda envidia un hombre de noombre Jago, quien se encarga de fraguar un plan para hacerle imposible la vida al héroe.
Sin embargo, cada vez que leo este libro realizo una lectura nueva. Como si el libro tuviera vida propia.


El espíritu del verso y la musa

A mediados de décimo grado, de forma inocente e inconciente, me hallé en el mundo de las musas. Un mundo que botaba la casa por la ventana (hablo de la imagen y el poder descriptivo y breve de los versos), así lo veía en ese momento, las palabras tomaban forma de seres que solo respiraban dentro de la mente. Del profesor de literatura recuerdo poco, pues, utilizaba los 45 minutos para dormir. A veces cuando el profe se encontraba de mal humor, me dedicaba a leer poemas de Pessoa; con sinceridad digo que no vi ninguna imagen que tuve el placer de leer. Por ejemplo:

“Pensar en Dios es desobedecer a Dios,”

Para ese momento era un puño contra mi cara (un golpe sin tiempo, congelado en el aire como la pluma que sopla el viento para no dejarla caer). Pasé días y meses pensando y hablando solo, acerca de lo que quiso decir el autor. Hasta que me di cuenta; era imposible interpretar lo que quiso decir el autor. Es cuestión de sensaciones y sentidos. Y es el texto el que habla por sí mismo, entre autor y obra existe una distancia prudente. La palabra sería el puente que une al hombre con sus ideas y con otros hombres.


La mayoría de poemas hablaban del amor (en este año donde las niñas eran perversas y pícaras). Pero había otros que hablaban de la muerte, de la partida de dados, de apostar la vida. Nombres como julio flores, Octavio paz, Rubén Darío resonaban en cada clase.
Y mi atención se concentró en una niña.
Me olvidé del libro de Pessoa, de mis obligaciones. Lo único importante era la hora del descanso, momento en el que podía verla correr. Éramos tan felices, no teníamos ataduras. Reserve en la complicidad del silencio mi amor por ella. Nunca me atreví a decírselo. Nunca lo hice y nunca lo haré. Y no me arrepiento, pues, andaba con un niño al que le decía novio. Con él tuvieron dos hijos; de la que me salvé.




La rayuela debajo de la luna


Pero me vi en una terrible realidad cuando me atrapó un libro (caí en la red de la araña, mordí el anzuelo, di papaya, entré en el juego sin conocer las reglas, tal vez, porque no había reglas) Era una novela, latinoamericana.
Horacio Oliveira en busca de la maga, del pasado, lo que pudo ser y no será; la vida como una representación del juego y el juego como una representación de la vida. Sin tiza no hay rayuela y sin rayuela no hay saltos.
Ese libro perturbó mis pensamientos, mis ideas navegaban en un mundo más abstracto.
Ahora dormía poco en la noche, encontré en el silencio el mejor refugio para leer. Soñaba despierto. Podía ver la sombra de la maga escapando de las manos de Oliveira que la perseguía por los puentes de una París enamorada y desnuda como una prostituta sin maquillaje. Odiaba al sol que devoraba mi rostro, sin embargo, me cobijaba el sol de la historia, tibio y rojo.
La muerte del bebé Rocamadur, que separó al club de la serpiente, y a su vez, a lucía (la maga que por cierto resulta ser la madre del niño) de Horacio un amante del mate y la pavita.
Vi pasar días con sus noches hasta que en el momento menos pensado se me devolvía la idea de la cual me había nutrido. Nunca se detuvo esta insaciable insatisfacción, quería saber más y deseaba conocer más. El libro se apoderó de mis pensamientos a tal punto que llegué a identificarme con Oliveira, cuando camina bajo la lluvia, cuando llama a sus amigos para contarles el sueño de la noche anterior.

Hoy en día

Cuándo comencé a escribir no sabía las consecuencias de haber tomado esa decisión. Y no es que diga que he logrado escribir algo parecido a una obra de arte, solo los trabajos de la academia, con mala redacción y hasta errores ortográficos, son los textos que he podido conjurar.
Y resulta curioso ver como la lectura va de la mano de la escritura, como las lecturas afectan en nuestra concepción de la idea que se desea plasmar y la forma en que otra persona me va a entender. Todo consiste en un sentido de la organización muy estricto.

Para escribir hay que dar la vida. Someterla siempre al espíritu inconforme del genio artístico. Sin embargo mi intención no es dar instrucciones ni cosa parecida, de cómo escribir o leer; lo que busco es comunicarle mi experiencia desde algunos libros que tocaron mi vida como lo fue Othello o La perla o Rayuela. Ahora, no puedo separarme de ese mundo de ficción.
El día que dejo de leer me siento mal como si algo me faltara para sentirme bien con migo mismo. Tal vez puedo ser juzgado de católico o cristiano, pero la literatura es como un Dios que se alimenta de nuestras ideas (tanto las buenas como las malas) el arte es la única salida.





Un poema como despedida

Tus odios se inundan
en torbellino de arena
Y también tiembla
la hoja en el árbol

Se acerca lo inevitable:
el camino del ciempiés
termina en casa

te arrastras con barro
no eres más que un suspiro
en un arco iris negro

sellas tus labios

y no queda más…
eterna, la enfermedad
y la alegría de reír sin sonrisa

arriba en la montaña de los fantasmas
y dios te escupe bendiciones

después a la serpiente, reclamé descanso
y me contestó: Desssseaaa…

viernes, 5 de marzo de 2010