Las madrugadas y el silencio
El aroma del café inunda la casa. Sólo Lucía y yo podemos olerlo. Son las cuatro y media de la mañana, hora en la que el silencio comienza a desvanecerse con el canto del gallo o el maullar espeluznante del gato. Para la profesora “Luci” el mundo gira alrededor de este olor casi inevitable; a la misma hora, todos los días se levanta para preparar el elixir que le permite despertar sus párpados, después de beberlo, realiza la lectura de las sagradas escrituras, con una devoción que sonrojaría al papa. Es un día como otros, sin embargo, existe una leve diferencia que se puede percibir en el ambiente, es sábado, no hay escuela.
El sábado es para sus alumnos el mejor día de la semana, cómo negarlo. Sin embargo, para la profesora es un día que debe aprovechar al máximo. Después de lavar mi rostro, retirando cuidadosamente con agua cualquier rastro de sueño; me dispongo a llegar a su lado. Ella, sentada en el comedor con la Biblia en las manos y el café sobre la mesa, me saluda con un agradable: buenos días. Antes de pasar a hacerle compañía, me sirvo una tasa de café humeante, a esta hora las golondrinas comienzan a cantar. Tomo asiento en el comedor. Ella cierra el libro y pronuncia la palabra mágica: amen.
Lucía vive sola en una casa del barrio San Bernardo. En un tiempo estuvo casada, tiene dos hijos que ya no viven con ella. Su marido se los llevo para España y por poco la deja en la ruina. El primer sábado, de una serie de de tres fines de semana, me relata la historia de su amor Augusto un apostador, su marido.
“Resumiéndolo, todo comenzó cuando nos conocimos, él era alto y tenía un cuerpo provocativo. Yo, una universitaria que babeaba cada vez que veía el contoneo de sus glúteos. En serio, me enamoré. Después del amor y la graduación vinieron los hijos, amo a mis hijos, pero el cambió su carácter y su forma de ser. Comenzó a mentirme acerca de sus reuniones. Me costó gran esfuerzo descubrir su atracción por el juego y por una española con la que se contactaba en un sitio virtual llamado “poker Stars.com.” El día que lo descubrí volví a llorar como lo hacía de pequeña, era un adicto al juego y lo peor de todo es que lo supo ocultar hasta que comenzó a faltar el dinero, maldije mi vida y su vida a la muerte sentencié. Sólo me quedaban mis hijos, pero el muy descarado se los llevó en día de cumpleaños de Sebastián, que en seis meses volvía, lo tuvo todo planeado desde el principio…”
No creo del todo su historia hasta que observo lo inevitable, un resbalar de lágrima. Pero ella con rapidez limpia su mejilla y me anuncia que debe retirarse a una reunión programada a primera hora; así que sale de su casa y vuelve cuando yo, ya me fui.
Llego a su casa a la hora acordada. Es el viernes de otra tediosa semana, falta poco para que acabe el año escolar, por tanto, es época de exámenes y la tensión y el estrés afecta a estudiantes como a profesores, por igual. Al entrar en su casa, que parece de fantasmas, observo sobre el comedor una nota que tiene impresas algunas recomendaciones especiales acerca como realizar de la limpieza del baño. Ella regresará en la madrugada, me recomienda también, que no la espere despierto. En la madrugada del día siguiente es el olor del café lo que me despierta. De nuevo vuelvo a descender por la escalera, y la veo sentada con su café y su libro, de nuevo sábado. Ella comienza a narrar:
“Para mi fue muy difícil acostumbrarme a la soledad, ¿sabe? Al principio me parecía muy grato el hecho de tener toda la casa para mí sola. Pero con el tiempo me he dado cuenta que es muy grande para que viva un sola persona. Así que entretuve mi tiempo a solas. Rescaté una pasión que creía muerta, volví a escribir poemas. Me gustaba escuchar a los gatos en la madrugada, asomarme por la ventana y verlos acariciarse cobijados por la penumbra. En soledad pude comprender el silencio y escribí lo siguiente, ¿quiere oírlo?...”
Yo comencé a cabecear estaba cansado por el día anterior, nunca vi su casa tan sucia como ayer.
“y sus besos eran como de los del gato/ su lengua era de fuego/ que derrite mi soledad.”
Al terminar de pronunciar la última línea me observa y se despide retirando con fuerza la silla hacia atrás. En esta ocasión, no duró más de diez minutos en arreglarse y salir. Es probable que mi presencia reviva recuerdos lejanos en su mente. Esta mujer de nombre Ana Lucía Hernández, padece de intensa nostalgia, cada vez que relata un suceso pasado en su vida la melancolía la ataca, como si se tratara de una gripe vulgar, sin dejarla terminar su relato. Se debe aclara, por tanto, que yo en ningún momento pedí que me contara alguna historia, ella se ofrecía voluntariamente, yo solo cumplo con mi deber, escuchar.
Otro viernes, otra vez limpiar. Como es de costumbre cuando llegue a su casa no estaba. La profesora cierra con seguro la puerta de su cuarto, motivo que genera sorpresa pues no era cotidiano. Poco me preocupo hasta que llegó el otro día.
En ese sábado me despierto más tarde de lo normal, casi a las once. De un salto me levanto de la cama. Bajo corriendo las escaleras. No huele a café, las luces están como las dejé ayer, apagadas. El cuarto de Lucía sigue en silencio. Entonces decido abrir el cuarto con las llaves provisionales que guarda la profesora en una maseta sin planta.
Lo primero que percibo al entrar es un fuerte olor a licor. La señora está tendida sobre la cama, no produce movimiento. No respira. Los ojos bien abiertos miran hacia el suelo. En la mano izquierda tiene una botella vacía; en la derecha un papel que me cuesta se- parar de sus dedos. Fría como una paleta. Tomo el papel que dice:
“No pude soportar tanta pasión. Sabía que no tenía posibilidad con usted. Los años nos separan, yo una vieja arrugada y usted tan joven, tan lleno de vida; lo nuestro es imposible y no me atreví a decírselo en vida. Tomé esta decisión porque me vi sin otra salida. Perdí mi trabajo, mis ganas de enseñar, mis sueños murieron en los ojos de mis alumnos soñadores. Y usted, fue lo único que me mantuvo en pie por algunos días. Siga con sus estudios, no se quede toda vida aseando las casas de los demás. Si algún día llega a conocer a alguno de mis hijos dígale que lo quise mucho.”
martes, 16 de marzo de 2010
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