El gato de arena
Tan vieja y abandonada, daba la impresión de tener arrugas en lugar de grietas. La casa de los Higuera parecía respirar, motivo que sacudió, en más de una ocasión, el descanso y la caza de la media noche. Se podía percibir una mirada en su entraña. Un susurro; el eco de un lamento…
Es más: lo que a simple vista se supone una ventana abierta (una cuenca sin globo ocular) resulta ser, nada más que un hueco rectangular dibujado sobre la pared, sin vidrio ni cortinas. El viento ronronea dentro de la habitación. En ese instante, un rayo de luz se enreda entre los párpados de Diego (el menor de una camada de cinco gatos); la pupila se dilata, recuerda la espantosa diferencia entre Brisa y Viento. La primera refresca y acaricia el tacto, alma de la montaña en un suspiro a los poros. El segundo agita todo a su paso, corta-labios, y, por supuesto, se podría confundir fácilmente, con el aliento alado de la muerte.
Lentamente, una cosquilla se apoderó de sus sentidos dormidos (exhaló profundo) y del cabello lunático. Evocó algún bocadillo en la rendija de la ventana; el lugar de las colillas. Sus ojos desorbitados como garritas abiertas palparon sólo una pequeña cucaracha.
-“Virtud de asesinos: paciencia.”
Palabras que susurraba al oído de la luna, pues fue lo primero que vio al acercarse a la ventana; su mente navegaba a la deriva sobre dunas de ceniza.
Sonriente, la luna llena peinó su cabellera, reflejándose en los cristales de las ventanas cerradas. Y en algunas, acaloradamente abiertas, ensortijaba su cabello plata entre las cortinas, desteñidas por el sol y el viento.
Para desaparecer la cucarachita, la tiró hacia la calle por la ventana; la brisa silbaba la canción de los gatos.
Sentía millones de patitas de hormigas sobre su cuerpo. También le punzaban los dientes de los gusanos, sin olvidarse de las moscas que no paraban de zumbar. Cada vez que intentaba pellizcar la garra izquierda la derecha desvanecía, así como las pesadillas se desvanecen cuando se despierta ahogado en ellas.
Por tanto, no le quedó más remedio que ver por la ventana, con la cabeza sobre las patas. Por momentos (cuando el hormiguero empezaba a subir por la pierna y no le permitía movimiento alguno) revolvía sus sesos un fuerte dolor que no le permitía dormir.
Mientras tanto, al otro lado de la calle, una gata acecha moviendo su cola excitada, de izquierda a derecha dibuja círculos invisibles; cerca de esa boca que bebe ángeles caídos y otros cadáveres en días de lluvia, una rata enorme.
Un pedazo de queso reposa en el sereno calido del asfalto, como caído del cielo, a un salto de gato de distancia en esa misma alcantarilla donde acecha el felino.
La trompa de la rata se asoma; el viento amenaza arrastrando el pedazo blancuzco, unos centímetros…
La luna conjuró en silencio mientras se acicalaba. No hay mejor confidente; atrevida y letal, exquisitamente sensual, una gota de vino estancada en el ombligo; si le preguntas por el misterio que esconde su mirada, finge no tener labios, aunque los muerda, muda, cómplice del asesino.
La gata araña. Sin telaraña fabrica la trampa; una mosca para un pez en un anzuelo; ¿quién se arriesga a ser tan generoso?, la humildad del estomago no conoce la voluntad del asesino.
La ratota mordió el queso y de la impresión quedó tiesa como roca. Sin más reparos (en cuestión de un parpadeo) la gata salta sobre su víctima, esperó paciente ese momento, con las uñas bien afiladas. Un chillido de ahogado inunda la calle se confunde con el murmullo de un río de piedras pequeñitas.
La gata avanzó en dirección a la casa momificada de los Higuera, su guarida. Aquella que abandonaron los humanos hace mucho tiempo cuando un rayo la partió en dos.
Llevaba su presa en una de sus patas; al acercarse al hijo menor, que la observaba desde la ventana, con una sonrisa desdentada, lo saludó. Llevaba el premio en una de sus patas pues siempre que lo intentaba llevar con el hocico, de las encías se le resbalaba.
martes, 16 de marzo de 2010
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