viernes, 5 de marzo de 2010

Crónica de una confesión


I

Muere el atardecer. Y con él, la jornada laboral. Leonardo sonríe; no tanto como en día de pago; sin embargo, su rostro refleja satisfacción. Todavía, lleva puesto el uniforme. Me hace saber que piensa en su estómago, en la comida caliente que lo espera en casa; también imagina su cama bien tendida, sin una sola arruga. Caminamos lento: toda la mañana y gran parte de la tarde estuvimos entregando volantes publicitarios. Su camisa blanca parece ser de un colegio privado. En la parte izquierda del pecho, tiene bordado un logotipo de “La cabecera”. Ese día no se le ocurrió ir al parque de las estatuas. No sé porqué le llaman así, lo único que podría considerarse como “estatuas” son dos bustos, sin nombre, en el centro del parque. Se sintió tan pesado, y no porque sea de contextura gruesa o en otras palabras: gordo, que prefirió ir de inmediato, a tomar la ruta del bus.
Decido acompañarlo, me duelen los talones. De repente, por el camino, él se encuentra con una paloma, decapitada. Lo escuché decir:”Mínimo fue un gato. No se regó ni una sola gota de sangre. No dejó rastro que lo delate”. Cuando llegamos al paradero de buses, un bus parecía estar esperándonos con la ruta que nos lleva a nuestro destino.


II

Después de pagar el pasaje, nos sentamos uno al lado del otro. Él pide la ventana y se acomoda en su asiento. Mientras él contempla la ciudad, yo me distraigo con la señora de los tintos que lleva los termos en un canasto viejo a punto de rasgarse; cuando vuelvo la mirada hacia Leonardo Antonio lo veo pálido, como si hubiera recordado algún pasaje de su vida que había permanecido oculto, por lo menos, hasta ese momento.
Mirándome a los ojos, dice: “¿Se acuerda cuando viajé a pueblo seco? Allá, en Arauca, donde vivía nuestra abuela. En esa parcela llena de yucales y plátanos, marihuana y coca. Recordé algo que me pasó por allá: la abuela me había dicho, antes de salir: no permita que los pollos se suban a la mesa, o si no, nos vamos a quedar sin almuerzo. El único en la finca era yo, por tanto, era el más apto para esa tarea. Entonces le respondí: (no hay problema, abue) Así que me acosté sobre el vaivén del chinchorro. Mirando de perfil al cielo.

La mamá gallina apareció en la sala. Con sus pollitos, que la seguían casi con desesperación humana, se adentró cada vez más en el humilde rancho. Llegó la familia hasta la mesa y se treparon a ella. Yo los seguía con mirada fija, esperando el momento indicado. Tomé en mi mano una sandalia gruesa y me dispuse a afinar puntería…”

El bus tuvo que frenar con violencia, interrumpiendo la conversación. Una señora que va de pie comienza a insultar al conductor. El caballero del asiento de enfrente realiza la señal de la cruz sobre su pecho. Los demás guardan silencio. El bus retoma el camino en cuestión de segundos.

“Así que, mientras yo me preparaba a disparar, la mamá gallina se dio cuenta de mis intenciones y de un salto, bajo de la mesa. La mayoría de los pollitos hicieron lo mismo. A excepción de uno. Yo le grité, le hice señas, pero él seguía de cabeza en la olla del arroz. Tomé con fuerza la sandalia. De mis manos salió disparada con tal violencia que el pollito no supo lo que lo golpeó…”
Nos levantamos de nuestros asientos, se suspende el relato. Oprimo el botón para indicar la parada, el bus se detiene y se ven rodar termos hacia la cabina del conductor. Nos bajamos; la curiosidad me devora.


III

Como le iba diciendo:”justo en el momento en el que la levantó para ubicar a la madre, le di en la cabeza. El pollo era del marido de nuestra abuela, un gallo de pelea. Muerto, recostado sobre la arena y con la lengua afuera, lo vi. En ese preciso instante lo único que se me ocurrió fue tirarlo al cultivo de yucas. Tenía miedo y un frió como de culpa recorría mi imaginación. Pensaba en la correa de cuero y en las miradas de odio por haber matado al pollito. Lo tiré al yucal y me senté sobre el chinchorro a esperar el regreso de mi abuela.”
Detuvimos nuestros pasos a casa por un momento, pernoctamos en una tienda; yo compro los cigarrillos y continuamos nuestro camino, Leonardo Antonio, prosigue su relato:

“Sin embargo, fue el marido de la abuela, el primero que llegó. No llegó solo, lo acompañaba un gavilán de plumaje azul petróleo, brillante. Su pico y garras de color negro, amarillo en las comisuras y en las patas. Era hermoso, muy diferente de los pollitos calvos de pelea. Con un rifle lo habían herido en el ala, pues estaba rondando la zona. Los dos llegaron caminando. Yo observaba los ojos de esa ave, eran oscuros y me miraban excavando mi alma.
Después, cuando a saltos, en dirección a un platanar cercano a la hacienda, intentaba escapar; el hombre, que lo había herido, lo descubrió y de un planazo de su machete, lo dejó tendido en la tierra. Cuando llegó la abuela vio los dos cadáveres y se internó en la cocina”

Leonardo finaliza la narración de su relato cuando llegamos a la puerta de la casa. Él se va para la esquina; yo entro en el hogar. La abuela está sola; mis padres se marcharon al supermercado. Me pregunta que si voy a comer. Entonces nos sentamos los dos en la mesa. La curiosidad me impulsa a preguntarle por la existencia del gallo y el gavilán muerto. Ella dice: “no me acuerdo”.

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