Sin titulo
El olor de la sangre me acechó. Fantasma de humo rojo. Llevaba impreso por todo el cuerpo (con agua, jabón y lija intenté desaparecerlos), y en letra mayúscula sobre la frente: ASESINO. No podía sostener por mucho tiempo otra mirada que me mirara, como si se tratara de conversaciones ocultas donde el silencio es un murmullo; sepulté mi cabeza para comer tierra mezclada con el sudor de mis ojos.
Y volví a volar por el camino del ciempiés. Cementerio de palomas sin cabeza y cucarachas perseguidoras; templo del gato, rincón de un rostro que sería mejor olvidar. Cada paso que daba traía ante mis ojos una imagen olorosa, recuerdo lleno de espinas:
volábamos cada uno con un cigarrillo en la mano esquivando las montañas de mierda de perro; y digo que volábamos porque, cuando se entra en el ciempiés el cuerpo comienza a levitar dentro de una piscina de humo, entonces llegamos hasta la mitad del camino y nos sentamos en un andén para hablar.
La conciencia me deja sordo. ¿Cuándo parará de gritar? Yo no pedí su consejo ni consuelo. Me pierdo dentro y fuera de sus pupilas
viernes, 5 de marzo de 2010
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